El sueño del Mara’akame: una película sobre tradiciones y vocación

 

¿De qué trata El sueño del Mara’akame? De una cultura originaria enigmática, la de los wixárika, que lucha por preservarse. También de la tensión entre padre e hijo, entre la tradición y lo contemporáneo, entre el arraigo de la comunidad y el sobresalto de la metrópoli.

El sueño del Mara’akame trata, sobre todo, de la vocación. Y de cómo ésta se define desde los sueños.

Su director, Federico Ceccheti, lo contó mejor.

¿Cómo conoces a esta comunidad?

Al Mara’akame Antonio Parra me lo presentó una amiga actriz, quien me invitó a una ceremonia de hikuri en Milpa Alta. Antonio me invitó a su comunidad, La Cebolleta, a grabar un video de la primaria de su hija. A los tres días era la Fiesta del Peyote y nos permitieron grabar, ahí empezó todo. Me enamoré de su cultura, me dije: “tengo que hacer una película sobre esto”.

Inicia la historia y Nieri, el protagonista, parece desdeñar la tradición de su comunidad, ¿qué les pareció esta parte del argumento?

Fui soltando la información poco a poco, según yo también la iba digiriendo. Antonio me ayudó mucho, me contaba sobre el quehacer de los mara’akames y cosas de la tradición; luego conocí a los chavos y vi que ellos se relacionan con su cultura de manera diferente. Escribí el guión durante cuatro años, hasta que invitamos a la comunidad a participar.

¿Cómo participó la comunidad?

Intentamos integrarla lo más posible, frente o detrás de cámaras. No sólo dimos paga económica a los que participaron, también algunos elementos que pudieran servir a la comunidad, como el campamento donde nos alojamos: se construyó una casa que ahora es agencia municipal en el pueblo; varias cosas así le quedaron a la comunidad.

¿Cómo fue la relación con Luciano, el intérprete de Nieri?

Al principio era muy penoso, cuando lo trajimos a la ciudad no quería hablar con nadie, pero después del “coaching” con Baltimore Beltrán, Luciano y Antonio llegaron al set como actores profesionales. Tenían clarísimos sus personajes y sus motivaciones no sólo en la historia, también por qué querían participar en esta película.

Distingo dos espacios en la película: la comunidad y la ciudad, ¿cómo fue filmar ahí?

Son tres espacios: la comunidad en Jalisco, el lugar sagrado de Wirikuta en San Luis Potosí y la Ciudad de México. El trabajo en la Cebolleta y en San Andrés Cohamiata fue más libre, estábamos relajados y podíamos plantear las escenas con holgura. Después fue interesante la peregrinación a Wirikuta: primero pensamos filmar una peregrinación verdadera pero es un evento sagrado y lo podíamos profanar. Preferimos hacer una peregrinación de ficción, donde realizamos lo que yo quería retratar; aun así, siempre había espacio para los choques culturales: una vez los de arte movieron el altar para encuadrar la cámara y uno de los mara’akames nos dijo: “ahora tienen que sacrificar un toro para enmendar su error”.

En la ciudad el plan fue muy intenso, por suerte Antonio y Luciano agarraron el ritmo desde las primeras semanas de trabajo.

¿Cómo fue la experiencia de hacer un guión en huichol?

Escribí el guión en español y con cada personaje lo traté distinto. Luciano lo leía, lo traducía y se lo aprendía con una facilidad increíble. Con Toño fue un proceso diferente: yo escribía una frase, él la reinterpretaba y le daba un sentido más profundo. Si escribía: “tienes que buscar la medicina”, él agregaba: “la medicina debe llegar a tu corazón para que el águila guíe tu visión”. Él reinterpretaba, su hija ayudaba a ponerlo en el guión y él se lo aprendía.

La película marca una disyuntiva entre preservar la ‘pureza cultural’ de la comunidad, que no la contamine Occidente, o como Nieri, que prefiere vivir la experiencia de la ciudad. ¿No reproducías ese conflicto al filmar ahí?

Fue un proceso complicado, muchos no estaban de acuerdo con la película; me tocó tratar con algunos gobernadores que no querían que filmara porque “no está bien hablar de las tradiciones”. En un momento del proceso pensé: “¿qué tal si estoy haciendo algo que no debería? ¿Si me estoy metiendo en cosas que no me incumben?” Pero conforme trabajaba fui sintiendo su apertura, incluso una invitación a seguir: les gustó hacer la película, se involucraron con ella.

¿Cómo influyó el tema de las mineras que amenazan Wirikuta? ¿Eso no fue una alerta para que los wixárika se abran y participen más con la sociedad?

Ese tema aparece en la película como contexto. Las mineras en Wirikuta es un caso emblemático: había un foco rojo y la necesidad de crear consciencia sobre el tema. Temporalmente se logró una victoria, porque las concesiones todavía están otorgadas pero se paró la construcción de las mineras. Quiero pensar que nosotros pusimos aunque sea un granito de arena. Para mí fue valioso mostrar que esta cultura no está basada en los principios del capitalismo ni en valores consumistas, sino en principios espirituales: en la relación con los sueños, los rituales y el quehacer diario.

Para mí la película es un ensayo de lo que entendí de ellos y de mi necesidad de compartirlo.

El sueño del Mara’akame, 2016.

Guión y dirección: Federico Ceccheti.

Fotografía: Iván Hernández.

Con Antonio Parra, Luciano Bautista y Mariana Treviño.

Estrena el 17 de mayo en salas comerciales y del circuito cultura del país.