La paloma y el lobo: el grito sordo, callado, de hombres que están pereciendo, Entrevista con Carlos Lenin

 

Historias del México víctima del narcotráfico, de las que ocurren en todo momento y cuestan trabajo ver. Pero contra el cliché, aquí no hay armas de largo alcance y sicarios. Hay una comunidad en ruinas. Una precariedad asumida, que casi parece natural. Y una pareja que intenta sobrevivir entre zozobras y secretos.

Gritos sordos y callados, define Carlos Lenin a La paloma y el lobo, su ópera prima.

Imcine (IC): Según entiendo esta película es una derivación de tu cortometraje 24° 51′ Latitud Norte, en el que un personaje regresa a Linares y enfrenta qué ha pasado con sus amigos; de ahí ahora te concentras en el relato de Lobo, ¿por qué contar esta historia?

Carlos Lenin (CL): En mi cortometraje de tesis descubrí mi interés por contar la historias con las que había crecido y que me habían formado. Con Latitud Norte me permití dialogar con historias que pertenecen a mi círculo de amigos, cómo se ha estado transformando nuestra sociedad a partir de la guerra contra el narcotráfico. Entonces empezaron a surgir relatos como el de Lobo, había puntos en común con mi historia, en cómo habíamos logrado sortear ciertos eventos más o menos violentos. Este personaje en realidad es mi amigo, Humberto Lobo, es el amalgama de mis experiencias y las de mi amigo, también las experiencias de un primo que vive la peripecia del personaje. Me parece que Lobo es un grito sordo, callado, es un grito inútil de cierto tipo de hombres que están pereciendo, que quizá deban en efecto perecer.

IC: ¿Por qué no mostraste la violencia explícita y te mantienes en lo cotidiano y la contención?

CL: Nunca me ha interesado el relato de las experiencias violentas, me parece hueco, no es lo que yo tengo que compartirle al espectador. Lo que tengo que compartir tiene que ver con esa soledad inmensa que uno llega a sentir cuando cobras conciencia de que estuviste a punto de perderlo todo por un capricho y te queda un trayecto de horas sin ropa, en medio de la nada, en un desierto; esa soledad y esa sensación de no tener control real sobre tu vida. No creo que reficcionar violencias reales nos permita sanar.

IC: Parte de la convención es que la violencia o la precariedad se filman con una cámara nerviosa, desaliñada, porque eso le daría más veracidad; tu cámara y tú composición son muy cuidadas, ¿cómo decidiste este estilo de la fotografía?

CL: Con mi querido cinefotografo Diego Tenorio intentamos dialogar con los espacios y las realidades; a mí no me interesaba mostrar la violencia explícita, me interesaban más estos gritos callados, rescatar pedacitos de amor que se diluyen entre la vida cotidiana; entonces la puesta en cámara emerge de nuestro diálogo con cada locación y con los recuerdos que me han formado visualmente: estas casas como chorizos que parecen no terminar, características de la arquitectura norestense, y sucedió de manera orgánica que la cámara utilizara estos espacios para reenmarcar el cuadro. Yo quería establecer con precisión la distancia emocional que necesitaba como director pero más importante, como humano, con los personajes de la historia, por eso la cámara tenía que ser precisa, para saber dónde está sucediendo el relato, transformarlo y permitir que las escenas crecieran.

IC: Noto una intención estética y ética de fraguar una historia muy personal, casi autobiográfica…

CL: Este proyecto se hizo con el apoyo de Foprocine y de la UNAM, desde el Concurso de ópera prima del Cuec, y al principio se notaba mi idealización sobre las historias de amor que escuchaba, que sucedían en mi familia, entre mis primos y la gente a la que yo quería. Con ese texto ganamos, pero se dieron un montón de cosas en mi vida y una de ellas tiene que ver con que la peripecia que viven mis personajes, entonces me pareció poco ético filmar algo algo en lo que ya no creía. Por eso adoptamos esta perspectiva más personal y más involucrada con la realidad de las historias. Lo que se modificó en el relato fueron esos incidentes. Si yo no los escuchaba quién sabe qué película habría hecho, pero seguramente no estaría tan en paz como me tiene esta película.

IC: Desde antes de terminada la película, cuando la mostrabas en actividades de work in progress de festivales, ya estaba en el foco de la crítica y los comentaristas de cine, llama la atención que fuera una película admirada incluso antes de terminarse, ¿qué atractivo tenía para provocar a estas expresiones?

CL: Desde las copias de trabajo que presentamos en los distintos work in progress se evidenciaban nuestras búsquedas como equipo. Creo que es una película con corazón, por decirlo de la forma más inocente o infantil; con mucha alma, en todo momento permitimos que el relato sucediera, que los espacios se transformaran, que los personajes crecieran. Tomamos decisiones arriesgadas para hacer una primera película y creo que se siente cuando ves lo que hicimos con mis compañeros.

La paloma y el lobo de Carlos Lenin participará el 12 de agosto en la selección oficial del Festival Internacional de Cine de Locarno.