Margarita, de Bruno Santamaría: amistades desde la marginalidad

 

Margarita es una mujer en situación de calle que pinta sus cejas y labios con exageración, que deambula por la colonia Del Valle de la Ciudad de México con un carrito viejo y bolsas que contienen cosas insospechadas; le gusta fumar y los tragos baratos del Oxxo.

Con ella como personaje podría hacerse un documental sobre la pobreza, la decadencia o la marginalidad. Pero la historia cayó en manos de un joven documentalista, Bruno Santamaría: prefirió filmar la amistad.

Bruno conoce a Margarita desde niño. La encontraba en la azotea de su edificio y le espantaba su percha amenazante. De adolescente quiso retratarla para sus primeros ejercicios audiovisuales. Conoció a una mujer amable y hasta culta. El interés de Bruno se convirtió obsesión, más cuando supo que Margarita fue actriz, Eva Véjar, y que incluso apareció en una película de su tío, el cineasta Sergio Véjar: Eva y Darío (1973), impostado romance juvenil con diálogos existencialistas, muy como se hacía en los años setenta.

Un 15 de septiembre Margarita le pide a Bruno permiso para pasar a su casa. Le asustan los cohetes, necesita paz. Sin permiso, aprovecha para bañarse. Después mira sus cámaras, le entusiasman. Bruno ve abierta la posibilidad que antes había contemplado con su productora, Abril López: hacer un documental sobre Margarita.

“Margarita perteneció a una época hippie”, la caracteriza Bruno, “vivió influenciada por esa cultura y la transformó en experiencia personal, que la hizo tomar decisiones desde los dieciocho o diecinueve años”.

Margarita sigue apareciendo en el universo creativo de Véjar. Ana Martín la representa en El pacto (1976), película autobiográfica del director. “Son personajes que se quedaron a la distancia. Margarita desde jovencita mostraba mucha fragilidad y en un mundo tan fuerte y sobre todo tan machista, puede ser muy violento”, dice Bruno.

Cuando Margarita y Bruno se encontraron, hubo un ejercicio de reconocimiento que podría semejarse al de Eva y Darío. Con la cámara como testigo y barrera, Bruno cuenta una historia que rechaza lo informativo o la denuncia, también lo sentimental. Prefiere concentrarse en la extrañeza del joven documentalista de tratos torpes, que charla con una mujer marginada por convicción propia, quien en la calle hizo suya una sabiduría resignada, con algo de escepticismo y mucho de sobrevivencia.

Bruno cuenta que la cámara provocaba reacciones encontradas en Margarita. “Por un lado se sentía en un entorno familiar, le cuidaba la luz, la cámara, buscaba un cuadro para verle mejor los ojos, eso la hacía sentir joven y bella. Pero también se fastidiaba. Decía cosas como: ‘¡basta! ¡Quítame la cámara de encima!’. Entonces fue una relación que se fue transformando y que está retratada en la película.”

Margarita coquetea con la cámara, con Bruno, con su inesperado redescubrimiento, con la posibilidad de convertirse en un personaje legendario desde su condición outsider. “Quizá lo único que no está en la película son los momentos en que Margarita tiene miedo, yo sentí que era delicado y que estaba alejado de la película.”

En la actualidad, Bruno y Margarita se siguen encontrando. En muchas ocasiones desayunan y comen juntos, Margarita conoce a los amigos de Bruno, que es conocer a una nueva generación de cineastas, tan alejados y tan en deuda con los riesgos del tío Véjar.

Pero Margarita, sobre todo, sigue siendo amiga de Bruno. “Platicar con ella me relaja mucho porque tiene otra forma de pensar, de hablar, de comprender; tiene buena memoria y recuerda cosas que uno le contó hace mucho. Es como una especie, no de terapeuta, pero digamos que uno platicando con ella se puede soltar y decir cosas que con otras personas no tanto.”

Margarita (2016) estrena el 5 de julio en Ciudad de México, Guadalajara, Tijuana y Querétaro; en Cineteca Nacional y otras salas del circuito cultural

Director: Bruno Santamaría; productora Abril López; Compañías productoras: FOPROCINE, Barandal Postproducción y Ojo de Vaca.