Orgullo y diversidad LGTBQ en la pantalla grande

 

 

En su lista de las 100 mejores películas mexicanas de la historia, el portal Sector Cine consigna un aumento de películas con temática LGTBQ. Mientras en 1994, fecha de la primera lista, apenas se presentaban dos títulos (El lugar sin límites, de Arturo Ripstein y Doña Herlinda y su hijo, de Jaime Humberto Hermosillo), la lista actual la mantiene y aparecen cuatro historias más.

 

Estas seis historias de alguna manera reflejan la evolución de la sociedad mexicana, que en poco más de dos décadas ha mostrado inclusión hacia las identidades diversas del país. No sólo eso: los temas de las historias se transforman. Décadas atrás a los homosexuales o transexuales se les mostraba como personajes excéntricos o repulsivos; ahora se les incorpora en tramas donde sus identidades son factor determinante, pero no esencial de la historia. Y esto importa porque habla del proceso de normalización de identidades que antes se les juzgaba como patológicas o perniciosas.

 

Durante décadas los personajes homosexuales o transexuales funcionaban como estereotipos y comparsas, que hacían del amaneramiento recurso para la comedia humillante. La casa del ogro (Fernando de Fuentes, 1938) se consigna como la primera película del cine mexicano con un personaje homosexual, “Don Pedrito”, que interpretó Manuel Tamés.

 

 

Otras películas sugerían amistades ambiguas que todavía se debaten, como la de Pedro Chávez y Luis Macías en las emblemáticas A toda máquina y Qué te ha dado esa mujer de Ismael Rodríguez (1951). Y en ocasiones había una suerte de trasvestismo identitario y de chacota: machos que fingen homosexualidad para tener más cercanía con sus potenciales conquistas. Eso hace Mauricio Garcés en Modisto de señoras (René Cardona, 1969).

 

 

El lugar sin límites (Arturo Ripstein, 1978) da el salto cualitativo. Basada en una novela de José Donoso, pone en el centro de su historia a La Manuela, homosexual que viste de mujer y que, aun acosado y ridiculizado por su comunidad, asume con estoicismo su identidad, su amor y su dignidad. También fue la primera película mexicana que muestra un beso entre dos hombres.

 

Otra película propone miradas nuevas alrededor de la estereotipada sobre la homosexualidad. Doña Herlinda y su hijo (Jaime Humberto Hermosillo, 1985), basada en un cuento de Jorge López Paez, propone una cotidianidad gay que busca liberarse de estigmas sórdidos, en la que incluso la madre del protagonista favorece (aunque también simula) la identidad de su hijo y su pareja.

 

 

Cuatro películas de diversidad en la diversidad

Las cuatro películas que se agregan en 2020 a la lista de las 100 mejores películas mexicanas de la historia transitan por estadios más amplios que la identidad de los protagonistas. La intención es agregar el tema de la diversidad sin volverla el centro: ejercicio de normalización que podría reflejar la participación de las diversidades en cualquier aspecto de las nuevas narrativas.

 

Carmín tropical (Rigoberto Perezcano, 2014) es un film noir que da protagonismo a los muxes, un “tercer género sexual” según los zapotecos, que designa a personas con genitales masculinos que asumen roles femeninos. Es el caso de Mabel, quien regresa a su pueblo para investigar el asesinato de su amiga Daniela, muxe también.

 

En Mil nubes de paz cercan el cielo, amor jamás acabarás de ser amor (Julián Hernández, 2003) la relación de Gerardo y Bruno, con el posterior abandono de Bruno de la relación, dispara una búsqueda desesperada y solitaria del afecto, que apuesta más por el intimismo que por la confrontación de la identidad homosexual.

 

Quebranto (Roberto Fiesco, 2013) sigue la vida de Coral Bonelli, actriz transgénero que en los setenta fue actor infantil. La experiencia de la identidad se entrevera con la trayectoria artística de Coral. El barrio de Garibaldi y las condiciones modestas de vida del personaje revelan una decadencia que se compensa con la asunción de la identidad.

 

Por último, Sueño en otro idioma (Ernesto Contreras, 2017) pone el centro de su historia en el riesgo de perder una lengua nativa, el zikril. Los últimos hablantes son dos ancianos distanciados por motivos extraños. El desarrollo de la trama revelará una historia amorosa homosexual con final frustrante, que pone en riesgo la sobrevivencia del idioma nativo.

 

Las relaciones lésbicas, el gran tabú

Si las relaciones homosexuales entre hombres han tenido un tratamiento denigrante en la historia del cine, a las historias lésbicas se les añaden estigmas misóginos que extreman las experiencias sexuales de las mujeres desde la virtud hasta lo pecaminoso, sin matices que escapen de este maniqueísmo. De ahí que en películas como Muchacha de uniforme, de Alfredo Crevenna, las protagonistas son castigadas con el suicidio o la vida religiosa tras haber vivido la experiencia romántica. Mucho del prestigio como símbolo sexual de Isela Vega está en haber representado papeles eróticos agresivos, donde las relaciones lésbicas formaban parte de un supuesto comportamiento perverso. En Las reglas del juego (Mauricio Wallerstein, 1970) es una vedette que además de su historia amorosa tiene contacto con hampones.  En El festín de la loba (Francisco del Villar, 1972) representa a una joven obsesionada de manera irracional con el sexo.

 

 

Incluso, películas como La sexorcista (Gilberto Martínez Solares, 1973) o Alucarda, la hija de las tinieblas (Juan López Moctezuma, 1975) hacen la equivalencia de mujeres lesbianas con entes abiertamente demoníacos. Sin embargo, en la actualidad ya existe una presencia de la identidad lésbica que busca el manejo estereotipado de los personajes. Se puede encontrar en algún momento de la película coral Ciudad de ciegos (Alberto Cortés, 1991), Todo el mundo tiene a alguien menos yo (Raúl Fuentes, 2012) o el delicado cortometraje La carta (Ángeles Cruz, 2014)

 

Sea elemento central de la trama o un componente más, muchas historias recuperan personajes, problemáticas y consignas sobre la diversidad, que colocan a los miembros de estas comunidades en sitios de dignidad e igualdad: El verano de la señora Forbes (Jaime Humberto Hermosillo, 1988), El callejón de los milagros (Jorge Fons, 1994), Dulces compañía (Oscar Blancarte, 1994), Y tu mamá también (Alfonso Cuarón, 2001), De la calle (Gerardo Tort, 2001), Puños rosas (Beto Gómez, 2004), Quemar las naves (Francisco Franco, 2007), Te prometo anarquía (Julio Hernández Cordón, 2015), Cuatro lunas (Sergio Tovar Velarde, 2014), son sólo algunos títulos de una reciente colección de historias que incorporan los temas de la diversidad con sensibilidad, imaginación y enorme dignidad para sus personajes representados.

 

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