Quinta jornada de Ficunam: la violencia contenida

La violencia se simula en el país. Se insinúa en sórdidos videos que hacen temer a Lobo por su vida de pareja; permanecen como recuerdos en la vida vacía del exmercenario Uzi.
Películas de parsimonia, de tiempos muertos y contemplativos porque detrás se asoma el terror del que sus protagonistas buscan afanosamente, y sin mucho resultado, huir.

 

La paloma y el lobo de Carlos Lenin: la violencia como recuerdo y como precariedad. 

Película autoral con una calidad impresionante, exuda el dolor que causa la violencia en nuestro país. A forma de catarsis, Carlos Lenin hace una interpretación contenida de una historia de amor en tiempos modernos. La película sigue la relación de Paloma y Lobo, dos jóvenes que intentan conservar su amor a pesar de las muchas dificultades que enfrentan, pero en esta cruda representación no se ven a la distancia finales felices. Nos queda solo acompañarlos en este doloroso y visualmente original viaje.
La paloma y el lobo se presentó en el Festival de Locarno, entonces entrevistamos a su director: «Nunca me ha interesado el relato de las experiencias violentas, me parece hueco, no es lo que yo tengo que compartirle al espectador. Lo que tengo que compartir tiene que ver con esa soledad inmensa que uno llega a sentir cuando cobras conciencia de que estuviste a punto de perderlo todo por un capricho y te queda un trayecto de horas sin ropa, en medio de la nada, en un desierto; esa soledad y esa sensación de no tener control real sobre tu vida. No creo que reficcionar violencias reales nos permita sanar.»

 

Uzi de Pepe Valle: la decadencia del sicario

Pepe Valle apuesta por los personajes derrotados, que ya vivieron el mejor momento de su vida y ahora deambulan en una perezosa cotidianidad, no exenta de los recuerdos que los llevaron a esta inercia. Si la madre soltera y solitaria de Yo necesito amor (2019) se pregunta dónde quedaron sus tiempos románticos, de una comunicación profunda con el mundo, que terminaron con la aburrida crianza de su hijo, Uzi le teme a sus recuerdos y los reprime con una existencia punitiva, dueño de un baño público al que no va nadie, llenando un carrito de supermercado que nunca llega a la caja, aceptando limosnas de quienes fueron sus compañeros de fechorías y lo respetan por su antiguo prestigio de matón.
La posibilidad de volver a ejecutar, la imposibilidad de ejecutar, hacen de Uzi el emblema de la culpa y la redención. Los planos fijos, la elección de escenarios deteriorados, marginales, hacen de esta historia un melancólico ejercicio de las consecuencias de una violencia que está en el pasado, pero hace despertar todos los días con el presente de su agravio.