Los cines del orgullo LGBTTTIQ+ en 2026: la constelación de los afectos
Vimos una película sobre un hombre gay. ¿De qué trata? ¿De una persona atormentada por su identidad sexual, que se refugia en el closet y transita por una oscura doble vida, porque sufriría represalias si la gente conoce sus afectos?
No, ya no. Ahora, las películas LGBTTTIQ+ tratan de cómo forman familias. O amistades. O les protagonistes devienen líderes o defensores de sus espacios y sus culturas. O transitan por historias de crecimiento o experimentación; de identidades que se consolidan desde la experiencia.
En 2026, las narrativas audiovisuales han trascendido la caricatura burda, pero también el melodrama que victimiza, o el fatalismo sensacionalista. El cine mexicano ha puesto atención a este desarrollo de las narrativas y en la última década transforma miradas, antes satíricas o moralistas y propone los sitios reales que ocupan las comunidades LGBTTTIQ+ en nuestras sociedades.
Parejas, familias, espacios de trabajo, activismo social o memoria: el cine de la disidencia sexual y de género ya no sitúa a sus personajes en encrucijadas. Ahora, sus identidades y preferencias pueblan los espacios comunes, con una personalidad y una mirada que reta y renueva.
El deseo primario, las miradas que dan pánico soñar
Hay una trasgresión primaria e infinitamente poderosa: retratar de manera frontal el deseo homosexual. Lo que ocurrió entre Pancho y La Manuela en la casa de la Japonesa (El lugar sin límites, Ripstein, 1978) cimbró a la cinefilia de los setenta; en Doña Herlinda y su hijo (Jaime Humberto Hermosillo, 1985), una madre hace discretos arreglos para solapar y consentir el romance de su hijo Rodolfo con Ramón, pero estas sociedades escandalizadas se difuminan frente a la soledad de Gerardo y su deseo por el esquivo Bruno en Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor (Julián Hernández, 2003): blanco y negro colmado de ausencia, con una incipiente nostalgia por el cruising. No hay juicio ni escándalo, sino una melancolía incapaz de expresarse: la “mirada de puto” —sesgadas, fijas, lujuriosas, sentimentales, socarronas— que describe José Joaquín Blanco en su ensayo emblemático de 1979, Ojos que dan pánico soñar.
Pero Blanco agrega: “Estos adjetivos no hablan de los ojos de los homosexuales en sí sino de cómo la sociedad establecida nos mira”. Después de la cámara retadora de Ripstein, o la mustia de Hermosillo, la de Hernández funda un homoerotismo franco y demandante, que rebasa (y se sitúa) lo social desde la intimidad. Urge retratar el homodeseo, su dolor y su fiesta.
Hernández reelabora el deseo desde El cielo dividido (2006) o Rabioso sol, rabioso cielo (2009); Sergio Tovar Velarde lo extiende a distintas generaciones en Cuatro lunas (2014) y sus expresiones se diversifican: chicas que desde la experimentación se abisman a la violencia en Así del precipicio (Teresa Suárez 2006); la diferencia de edades entre mujeres obsesivas en Todo el mundo tiene alguien menos yo (Raúl Fuentes, 2013); adolescentes con vocación criminal en Te prometo anarquía (Hernández Cordón, 2015), mientras que se actualiza el tema lésbico en las comunidades indígenas, como con los cortometrajes La carta, de Ángeles Cruz (2014), La espera, de Celina Yunuen (2021), o, la ópera prima de Cruz, Nudo mixteco (2021).
En los años 2020, el deseo se manifiesta lo mismo en propuestas indie, como el viaje delirante y melancólico de Eduardo a Guadalajara en El fin de las primeras veces, de Rafael Ruiz Espejo (2025), o en producciones de más vocación comercial, como la bisexualidad huidiza en Straight, de Marcelo Tobar (2023), o el homoerotismo trailero de En el camino, de David Pablos (2025).
En otros ámbitos, el deseo no protagoniza pero sí complementa: la aventura del crecimiento de un grupo de escritores y escritoras jóvenes que asientan sus poéticas entre magreos ocasionales o definitorios en la ópera prima de Nancy Cruz, El círculo de los mentirosos (2025), o el acompañamiento a personas con discapacidad, como Todo el silencio, de Diego del Río (2023).
Pero el deseo ya no es la única vertiente de las historias LGBTTTIQ+. Con ellas vienen representaciones de identidades que hasta hacía poco eran invisibilizadas o motivo de escarnio, que ahora participan activamente de la comunidad.
Lesbianas o muxes: emblemas del orgullo
En los años setenta se hacían reuniones clandestinas la Ciudad de México para debatir el tema homosexual. Al frente de estos encuentros estaba la escritora Nancy Cárdenas, de gran influencia en los medios culturales. Su historia la cuenta Olivia Peregrino en Querida Nancy (2021), documental que recupera a una de las mujeres emblemáticas del activismo LGBTTTIQ+ mexicano.
Yan Maria Castro, activista lésbica, es representada en Juntas somos fuertes, documental de Tania Claudia Castillo (2025). Nancy o Yan María consolidan una presencia homosexual que lucha habla contra la discriminación y la violencia, y que pasan la estafeta de la lucha a nuevas generaciones.
Otros liderazgos se forjan desde el contexto inmediato. Kenya, de Gisela Delgadillo (2022), cuenta la historia de la trabajadora sexual Kenya Márquez, quien transita al activismo tras el asesinato de su compañera Paola. En la ficción, le cantante muxe Mabel improvisa labores detectivescas para aclarar el asesinato de su amiga Daniela en Carmín tropical (Rigoberto Pérezcano, 2014).
Pero también, sin ser activistas explícitos, hay quienes participan en su comunidad y crean espacios de autoridad. Así pasa con la santera Lizbeth, encargada de los oficios fúnebres en El compromiso de las sombras, de Sandra Luz López Barroso (2021), o con Coral en el cortometraje Xquipi (Ombligo) de Juan Pablo Villalobos (2023), que además significó la última participación de Julia de la Rosa, muxe con gran influencia en la vida cultural del Istmo, que falleció en fechas cercanas al estreno del corto. Lo que hizo de Xquipi un homenaje emotivo a la labor cultural de De la Rosa.
Los cuerpos no binarios: estrellas que se expanden
“Al inicio”, describe Pavel Cortés, director del Premio Maguey del Festival Internacional de CIne en Guadalajara, que en 2026 cumplió 15 años, “las películas se enfocaban en la homosexualidad masculina, con temas recurrentes: la aceptación, el conflicto familiar, los amores prohibidos; después vino un auge por el cine de las sexualidades femeninas, y ha habido casos especiales de película que hablan de la intersexualidad. En fechas recientes sobresalen las personas no binarias”.
La experiencia del cuerpo y la mente que transiciona, crea un campo de expresión poderoso en las nuevas entregas del tema LGBTTTIQ+. “Poner al cuerpo en crisis y en un lugar de transición es importante para lo que sigue en nuestra humanidad”, describe Gal S. Castellanos, director de Mi pecho está lleno de centellas (2026), “es valiente frente al sistema en el que estamos. Nos ayuda a construir nuevos espacios para encontrar nuestra libertad y nuestra forma de pararnos en el mundo. Es importante descolocarse, colocar el cuerpo en sitios diferentes. Eso tiene que ver con la libertad”.
Nunca dejará de conmover la soledad y la marginación de Coral Bonelli, persona trans retratada por Roberto Fiesco en Quebranto (2013). Pero esta expresión desolada se acompaña de ternura o alegría transgresora en las nuevas generaciones.
Dos emblemas de la experiencia trans: Deyanira se viste de mujer en el lago, en Cosas que no hacemos (2020) de Bruno Santamaría. Este momento íntimo, casi vergonzoso, colisiona contra el alborozo de Alexa, Gardenia y Violeta en Las flores de la noche (2020) de Eduardo Esquivel y Omar Robles. No todos los grupos trans tienen la fortuna de la fascinación de sus transformaciones: una comparsa trans en Ixtlilco el Chico, Morelos, fracasa por la presión de un pueblo machista en La vida es un carnaval, de Fernando Colin Roque (2022). Pero también sabe conciliar familias, como ocurre en En camino a Leo, de Ana B. Torres (2025) o en Mi pecho está lleno de centellas, de Gal S. Castellanos (2026).
Además de la identidad trans de les protagonistes, destaca una juventud abierta a la experimentación, que este 2026 pasa por lo lúdico-reflexivo, como las charlas de dos hermanes en Nuestro cuerpo es una estrella que se expande, de Tania y Semillite Hernández Velasco, o la provocación psicodélica de Mickey, de Danno García. En ocasiones, la experiencia trans abreva en embarazos insólitos como la ficción Soy Mario de Sharon Kleinberg, o alcanza niveles de obsesiva experimentación obsesiva, como en Como tú me ves, en la que le directore M se somete a terapias hormonales y hace la crónica exhaustiva de su transición. Mientras que otres asumen su transición desde la fábula, como es el caso del cortometraje que va del suspenso a lo naive Flores, de Job Samaniego.
Estas experiencias conmueven los cimientos de la heteronormatividad, rebasada antes las aventuras emocionales, políticas o transformadoras del cuerpo y la mente de las distintas expresiones LGBTTTIQ+.
Estas nuevas narrativas no solo visibilizan a quienes antes habían sido estigmatizado o ridiculizados: también propone nuevas vías para reconocer la multiplicidad de nuestras identidades. Ya no da pánico soñar con esos ojos: ahora los miramos con respeto, con curiosidad, incluso con ánimo lúdico. La comunidad LGBTQ+ extiende la experiencia humana y el cine registra ese universo que se expande, como centellas o como estrellas.