‘Ceniza en la boca’, de Diego Luna: los desencuentros de las familias migrantes
25 de mayo, 2026
Por Carlos Ramón Morales
Lucila es migrante mexicana en España porque sigue los pasos de su madre, Isabel, quien partió a Europa hace ocho años. Ahora Lucila cuida bebés o ancianas, hace entregas de comida en su bicicleta y lidia con su hermano adolescente. Entre el desarraigo y la precariedad, apenas tiene tiempo para pensar en los motivos de su extranjería. Hasta que un acontecimiento funesto le sirve como revelación, antes presentida: Lucila está rodeada de violencia. Aun su desplazamiento a Europa significa escapar o enfrentar nuevas formas de violencia.
Basada en la novela homónica de Brenda Navarro, Ceniza en la boca es la más reciente película de Diego Luna, que sigue indagando desplazamientos, familias rotas, distancias o ausencias, ahora desde las migraciones latinoamericanas hacia el viejo continente. Con Adriana Paz o Luisa Huertas como presencias consolidadas, pero con Anna Díaz como revelación protagónica, esta película actualiza y confronta el tema de las migraciones: la imposibilidad de miles de personas de crear sus espacios y tener que improvisar desde la liquidez y la precariedad.
Ceniza en la boca estrenó en una función especial del Festival de Cannes 2025. Después de los aplausos y las galas, Diego Luna nos compartió sus reflexiones personales sobre la adaptación del libro a la pantalla, su mirada migrante, su rol de cineasta, más allá de sus hazañas mediáticas.
Se leen novelas, muchas nos encantan, pero alguna hace el click para agregar esfuerzo, imaginación, creatividad... ¿Cuál fue el click que te hizo Ceniza en la boca, de Brenda Navarro, para encontrar ahí una película?
Cada tanto me emociono con un libro, pero no encuentro una película adentro, o de pronto pienso que sería injusto traducir un libro a una historia de dos horas, atentaría incluso con la experiencia de lectura. Me pasa mucho que leo un libro y pienso: “ojalá no lo hagan película”; prefiero que la gente se acerque a él sin ponerle imágenes enfrente.
Pero con otros libros, en un segundo compones una película, con las imágenes que la lectura te dio. Y con Ceniza en la boca me pasó eso, leí un libro que me tocó profundamente, y después me quedó dando vueltas en la cabeza un instante: esa confrontación donde una hija le reclama abandono a su madre y la madre trata de explicarle que hizo un sacrificio. Me interesó cómo chocan esas narrativas, y después la mitología que cada una se crea: la mitología de una joven sobre su infancia, que confronta la perspectiva de la madre. En ese encontronazo encontré la película que me interesaba contar. Es una película sobre distancias, abandono, migración, maternidad; sobre las niñeces apresuradas, porque la vida nos confronta con una cantidad de contrastes que nos hacen madurar antes de tiempo.
Y siempre aclaro que yo no intenté hacer la película del libro, sino la película sobre mi lectura de un libro. El cine no debería hacer la versión cinematográfica de un libro porque la batalla está perdida. Los libros son una inmensidad comparada con el cine, al lector lo acompañan por días, semanas, meses, y viven dentro de ti, tanto como vivieron en la cabeza y el imaginario de un autor; te los apropias como no te puedes apropiar del cine.
Tú eres un hombre de cine, actor, director, me asombra que hagas este elogio de la lectura y los mundos que no puede abarcar el cine...
Por eso luego hay estos clichés de que una gran novela nunca será una gran película y que al revés sí es factible. Hay una necesidad de validar el suceso literario con su llegada al cine y eso me parece muy triste. No es mejor novela porque ya la hicieron película; probablemente mucha gente vea la película y crea que sabe de qué va la novela, pero la literatura es única para cada lector. De nada te apropias más que de lo que lees. No le pasa ni a la música, ni al cine, ni al teatro: el poder de la lectura es brutal en ese sentido.
Después de ver la película, Brenda me dijo algo muy bonito: que la esencia del libro está ahí. Me parece chingón que la película responda al libro. Pero Ceniza en la boca se trata del libro y también de las ausencias en mi vida y en las de la actriz Anna Díaz, y en las de Diego Rabasa y Abbia Castillo, con quienes la escribimos. Se trata de las ausencias del fotógrafo Damian García: cuando la luz entra por esas ventanas, seguro habla de algo muy personal y esa luz tiene que ver con su vida. Ahí ya entramos al terreno de la interpretación y el cine, que es un arte colectivo, está lleno de esas estampas.
La migración te ha tocado y la has visitado como director. César Chávez era un migrante, Mr. Pig es un viaje por la frontera. Ahora hablas de la migración que hacen los latinoamericanos a Europa, poco vista pero que existe. ¿Qué habría de peculiar al hablar de mexicanas y mexicanos en territorios españoles?
Es una migración poco conocida para México, pero viajas al sur del continente y te das cuenta que es recurrente y lógica. La mayoría de las personas de los países latinoamericanos pueden entrar como turistas legales a España y después buscar los documentos para quedarse. Ahora incluso hay un debate en España sobre la regularización de más de medio millón de migrantes, de los cuales un altísimo porcentaje son latinoamericanos. Los números han crecido, en particular de México y Centroamérica, desde el primer mandato de Donald Trump, cuando la frontera con Estados Unidos empezó a volverse más compleja. Migrar a España parecería una migración segura. Hay una sensación de que será más fácil porque hablan tu idioma. Pero la entrada a Europa por España arroja otras complejidades. Encuentras otras capas de rechazo, y ahí se acomoda Ceniza en la boca. Los personajes empiezan a encontrar pequeñas violencias, que hacen difícil sentirse bienvenidas.
Pero también hay otra cosa muy bonita: en Europa empiezan a crearse comunidades latinoamericanas, eso también está en el libro. De repente ves muestras de empatía y conexión entre ecuatorianos, peruanos, hondureños, mexicanos, colombianos, venezolanos. Es interesante lo que pasa: la unidad latinoamericana que no se experimenta en Latinoamérica la ves ahí, por la historia que tenemos en común.
Adriana Paz es una de las actrices más importantes del cine mexicano contemporáneo, una figura segura y es gran noticia que la tengas en Ceniza en la boca. Pero el hallazgo es Anna Díaz. Ella carga la película sobre sus hombros, el arco drámático más importante es el suyo. ¿Dónde la encontraste y cómo trabajas con ella para crear a Lucila?
A Adriana tengo mucho tiempo de conocerla y de saber de su capacidad y su calidez. Pero esta historia la cuenta Lucila, el personaje que hace Anna Díaz. Para mí era esencial encontrar a Lucila para construir el núcleo familiar alrededor de ella. Y Luis Rosales, me dijo, cuando le mandé el guión: “¿Ya viste La cocina? Anna está muy bien ahí” Y claro que vi La cocina, soy amigo de mucha gente que trabajó ahí, pero le dije: veamos más actrices de México, quiero conocer a todas las actrices que no conozco. Para mí es importante esta búsqueda profunda. Quise conocer a quienes no me ha tocado ver en pantalla, es una gran oportunidad para que una actriz se ponga ahí y la descubras. Así llegamos a una lista de tres personas, lo que seguía era hacer un ejercicio, para ver si nos entendíamos. Yo como actor también agradezco tener una sesión, darme cuenta si puedo ser útil y si le entiendo a quien dirige.
Vi un ejercicio de Anna frente a la cámara y supe que podría hacerlo bien. Después hicimos la sesión, la escena del restaurante, donde la hija le reclama a la madre. Seteamos todo para que se sintiera que estábamos en una locación. Adriana y Anna llevaron la escena más lejos de donde creí que podía ir. No es que las otras actrices no hubieran podido hacer un buen trabajo, pero algo pasó entre ellas. El reclamo de Lucila se sentía añejo. Además, encontré una actriz que tenía en control todo lo que estaba haciendo. Quizá no tenía mucha experiencia en cine, había trabajado más en teatro, pero estaba en control de sus emociones, de las intenciones, de cada elección que tomaba. La escena la vimos con algunos de los productores y minutos después entendimos que ya teníamos familia, ya teníamos actrices.
Adriana y Anna se volvieron un núcleo. A pesar de que casi en la película entera están separadas, eran un núcleo interesante. Fue un proceso chingón.
Eres una persona mediática y con un montón de facetas. Haces Andor, participas en late nights shows gringos, estás a la cabeza de festivales como Ambulante. ¿Cómo te concentras para hacer una película que pide sobriedad, una mirada más reposada? No solamente búsqueda de tiempo, también esa búsqueda interna para concentrarte en contar esta historia...
Me cuesta trabajo encontrar este tiempo. Me espanté cuando vi que habían pasado tantos años de Mr. Pig. En este tiempo dirigí una serie, Pan y circo, pero dirigir una película te pide concentración, foco, incluso paz en algunas partes del proceso. Me costó ocho años darme ese respiro. Y lo agradezco muchísimo, porque me recuerda lo que más disfruto hacer, que es involucrarme en un proceso de largo aliento, que además te permite que los veintes caigan. Historias que con el tiempo se van volviendo densas y ganan capas. Pero sí necesitas mucho rigor, porque está bien fácil patear el balón, y luego atenderlo y atenderlo.
¿Sabes también qué pasó? Mis hijos crecieron. Mi relación con ellos se ha transformado y ahora son más espectadores de lo que hago. Eso también me motiva, quiero que me vean contando historias y dirigiendo, compartir eso con ellos. Al final, de lo único que he hablado en mis películas es de paternidad, maternidad, ausencias, crecer lejos... Y conforme se va volviendo más compleja mi relación con ellos, va creciendo mi interés por contar historias que reflejan eso.
Finalmente, tú también eres un director migrante: vas y vienes de Estados Unidos a acá...
Vivo de trabajar como actor; ser director es un privilegio particular, que es dirigir por convicción, cuando estoy listo. No es mi trabajo recurrente, es un músculo que de pronto trabajo y me siento feliz pero también puedo descansar y no pasa nada.
Ceniza en la boca (México, 2026). Director: Diego Luna. Guion: Abia Castillo, Diego Rabasa y Diego Luna. Cinefotografía: Damián García. Producción: La Corriente del Golfo, Animal de Luz Films, Inicia Films, Perro Azul. Productores: Inna Payán, Valérie Delpierre, Luis Salinas, Diego Rabasa, Diego Luna. Diseño de arte: Hania Robledo Richards, Asier Musitu. Edición: Sofi Escudé (AMMAC). Diseño de vestuario: Gabriela Fernández. Casting: Luis Rosales, Mireia Juárez. Sonido: Miguel Hernández Montero. Música: Raquel García-Tomás. Elenco: Anna Díaz, Adriana Paz, Luisa Huertas, Guillermo Rios, Sergio Bautista, Benny Emmanuel, Teresa Lozano, Adriana Jacomé.