‘Binnizá, los seres de las nubes´, de Juan Carlos Rulfo: crónicas del lagarto cuando se mueve
17 de junio, 2026.
Por Carlos Ramón Morales
Se llaman a sí mismos binnizás y se saben originarios de las nubes. Viven en la costa del Pacífico, en Juchitán. Esta ciudad se encuentra en una hamaca que sostienen unos lagartos. Cuando los lagartos se mueven, un terremoto físico, pero también espiritual, cimbra a la ciudad.
Juan Carlos Rulfo iba tras los pasos de Francisco Toledo, también con la curiosidad de las fiestas zapotecas. Pero llegó a Juchitán después del terremoto de 2017 y encontró una ciudad en ruinas. En transición, advirtió la poeta Irma Pineda. Y desde esta fe en las transiciones —decadencia y renacimiento, creación o violencia—, y acompañado de los artistas de la región, Rulfo ensayó una pieza sobre la identidad, la memoria y la cultura, tan emotiva como desoladora: Binnizá, los seres de las nubes, inflexión entre una cosmogonía asombrosa y un presente hostil, que requiere de la imaginación para transitarse. La crónica del lagarto que sostiene el mundo y que se mueve lento o precipitado.
Binnizá, los seres de las nubes, tendrá su estreno a partir del 18 de junio, en salas del circuito cultural mexicano. Juan Carlos Rulfo platicó con nosotros sobre cómo filmar una historia de artistas y lagartos.
¿Cómo fue tu encuentro con la cultura zapoteca para crear Binnizá, los seres de las nubes?
Llegamos a Juchitán buscando a Francisco Toledo, para una película por encargo de Península Films, con el productor Eduardo Díaz y el escritor Toño Valle. Entonces conocí a Irma Pineda, hija de un activista muy importante, Víctor Yodo, icono de los municipios autónomos en los setenta. Él desapareció, víctima de las represiones de principios de la década.
Con Irma hablamos de otras formas de narrar. Ahí nació la estructura de una película. Juchitán estaba en reconstrucción después del terremoto, pero al mismo tiempo hay violencia y drogadicción muy fuertes, contaminación brutal, una de la zonas eólicas más grandes del país y la tierra abandonada, las carreteras destruidas, no veía ese color con el cual me podía sentir folclóricamente feliz.
Después conocí a Lucas Avendaño, un muxe muy respetado, quien me compartió su lucha por la búsqueda de su hermano desaparecido. Hablaban de la búsqueda de la justicia social, la lucha por el medio ambiente, y de cómo a través del arte crean esa lucha, como lo hizo Toledo. Trabajamos con los vivos que están construyéndose, y que hablan de la vida cotidiana en esta región.
Tienes como hilo conductor el relato de Irma Pineda, El lagarto de las nubes, que por su aliento fundacional semeja al Popol Vuh. ¿Qué imágenes detonó este relato?
Yo me baso en un grabado de Toledo, donde dos cocodrilos sostienen una hamaca y en el centro está Juchitán. El lagarto de repente tiene movimientos violentos; se mueve, te ataca y se va. Eso pasó con los terremotos.
Gracias a ese cuadro de Toledo, Irma empezó a imaginar un espacio golpeado, contaminado, lleno de violencia. Juchitán es un ser en transición. El mundo no está bien y estos seres hacen pausa y esperan el momento de construir otros seres humanos y vivir en armonía con el universo. Irma describe esta reconstrucción a través de su literatura.
Hay imágenes interesantes, como un árbol con una bolsa, tierra con envases, los parques eólicos: retratos del antropoceno. Esta sensación de que los plásticos y los proyectos de desarrollo nos invaden y nos desplazan. Cuéntame sobre esta elección de imágenes…
Intentamos un guión clásico para contar la historia de Toledo, pero al llegar encontramos desasosiego, era incómodo. Toño Valle, el guionista, vivió muchísimos años allá y lo recordaba como una maravilla. Ahora estaba desconsolado: "no sé qué le pasó a Juchitan, pero no es la Juchitan que yo viví", decía.
Entonces pensamos en hacer algo distópico. No hablaríamos de la tristeza que provoca, sino de la estética que lo causa. Cuando haces una imagen con la cámara, es fantástico ver cómo se mueven esos plásticos enredados en los huizaches, o cómo está la basura revuelta, con un ser humano con vacas en medio, que parece lo más normal. Es la normalización del desastre. Los niños te lo dicen: “La basura, tírala al río. La caca, tírala al río. La muerte, tírala al río”.
No quiero crear concientización social, sino mostrar que este mundo es así. Después de Los sueños que compartimos, la película en la que participé con Valentina Leduc, entré en el track de la defensa del territorio, pero a veces me cuesta trabajo, no estoy en el plan de decir lemas como: “el pueblo unido jamás será vencido”. Tenemos que ir más allá. Tenemos que mostrar un universo que está así en todas partes y que no sabría interpretarlo, sino verlo. Por eso la toma donde bajamos de una gran ceiba y vemos un plástico, es parte de la vida. O te metes a nadar en un río y encuentras una botella. O el agua de los ríos huele a drenaje. El camino por el que van las peregrinaciones está lleno de perros muertos, y alrededor te venden papas y helados. El espectador tendrá que intepretar este mundo que planteamos.
En Binnizá, los seres de las nubes, hay una galería de personajes ligados a la actividad artística: el rapero, el grabador, la poeta, los pintores. ¿Cómo los eliges?
Una de las bases con las que trabajo es retratar a quienes me voy encontrando y se van quedando en el costal, después de pasar el filtro de la amistad. Por ejemplo, Pánfilo es un campesino y chofer de mototaxi, pero también un artista, porque en la escuela de Toledo aprendió a hacer papel.
Pero también apareció Obed, un campesino que dibuja en la arena y sueña y dice cosas raras. No era una película de denuncia, eso que lo hagan otros. Esto es espiritual: ¿qué le pasa al alma de estas personas? Y los artistas tienen la posibilidad de ver el interior y sacarlo a través de su disciplina. Esos pilares tuvieron estos personajes. Además, nos la pasamos muy bien con ellos, eso permitía abrirme y hacer lo que quisiera, o lo que no te imaginas que podrías hacer.
También me clavé con el cocodrilo y otros personajes que no están, pero que me ayudaron a imaginar por dónde tenía que ir esto.
Has retratado ambientes distintos: tarahumaras, obreros de la construcción en la Ciudad de México, comunidades en Jalisco o en un hospital, e imagino que cada trabajo propone una personalidad distinta. ¿Cómo describiría la personalidad juchiteca-zapoteca?
Binnizá representa una profundidad emocional que nunca había visto. Tuve que sacar del hoyo algo que no había resuelto.
Tengo la sensación de que el país entero está inexplorado. A México le falta buscar su binnazá y para eso necesitas profundizar en estos seres, conocerlos más allá de lo folclórico o lo antropológico.
Los conocemos a través de los trabajos que hicieron los institutos indigenistas, pero ahora las comunidades están haciendo sus películas, tienen cámaras y construyen su lenguaje y cuando ves te dan tres vueltas. No están escondiendo su identidad, están reclamando y diciendo lo que piensan.
¿Cómo ha sido la reacción de tus personajes con tu documental?
A esta película no le llamaría documental, hasta cierto punto es experimental, porque es la única manera de llevar un hilo que no necesariamente tienen forma, porque la identidad tiene que ver con lo abstracto. No sigue una historia de datos y cifras, como podrías pensarse sobre un documental de Juchitán.
Incluso cuando pasé la película allá, Obed la tuvo que ver tres veces. Me decía: "¿Y dónde está el maíz? ¿Dónde está el atole? ¿Nuestras costumbres?" Me quedé pensando: “¿Algo me faltó? ¿O así está bien?” La vio dos veces más, y percibió las cosas que están escondidas, me dijo: "Ah, bueno, no está tan mal."
Dentro de este cascarón, se buscó mostrar gente más profundamente. Y es lo que más me gusta.
De hecho, es interesante hacer una historia sobre Juchitán donde la ausencia del maíz significa algo, ¿no?
Por supuesto, el maíz está seco, es lo que dice Pánfilo. La tierra no está teniendo la humedad que necesita para cosechar el maíz, porque están los ventiladores eólicos. El campo completo, el espacio en el que viven, está en crisis. Esos son personajes importantes.
Cada película impone condiciones: por la pandemia, en Cartas a distancia tuviste una producción que pedia resolver al momento; el proyecto con Valentina implicó un ritmo de viajes. ¿Cómo se organiza el documentalista con cada proyecto, que demanda diferentes necesidades?
Somos pocos, en Cartas a distancia llegamos a ser cinco, lo cual no es mucho. Construyes un ritmo de trabajo con el equipo necesario: el equipo de gente, pero también el equipo técnico: cámaras pequeñas, cada vez más pequeñas, las metes en la bolsa y caminas con la gente. Eso crea una dinámica ligera, donde no son los fierros lo que te concentra, sino viajar y estar con la gente.
Hay otra relación y es más importante la gente con la que vas a trabajar, los que te dan los temas, tus cómplices para lograr esas intimidades, son más importantes que el aparato técnico, incluso si no hay un quinto puedes grabar. Te levantas temprano, vas y lo haces.
He aprendido a dejar los fierros pesados, la gente que cargue y esto. Ahora puedo ser yo solo y no necesito a nadie. Cada vez es más claro eso.
Binnizá, los seres de las nubes (México, 2025). Dirección: Juan Carlos Rulfo. Fotografía: Juan Carlos Rulfo. Guión: Antonio Valle. Edición: Ramón Cervantes, Jorge García “Porri”. Sonido: Armando Martínez, Mauricio Santos. Música: Leo Heiblum. Diseño sonoro: Nerio Barberis, Maluz Orozco. Producción: Mariana Castro, Eduardo Díaz, Gabriel Díaz. Participantes: Irma Pineda, Lukas Avendaño, Didxazá García, Obed Fuentes, Panfilo Martínez, Rosty Bazendu, Amílcar Meneses y Jaime Zárate.