‘Nuestra tierra’, de Lucrecia Martel: la justicia para los chuschagasta
10 de abril, 2026
Por Carlos Ramón Morales
En 2009 asesinaron a Javier Chocobar, líder de la comunidad chuschagasta del norte de Argentina. Un video que se filtró por internet dio evidencia del crimen. Se precipitó el juicio oral y público contra los perpetradores. Un proceso judicial tenso, con cariz de opereta, que reveló temas que trascendía el homicidio: la estructura institucional, histórica, de un país que ha negado sistemáticamente la existencia de las comunidades indígenas.
Nuestra tierra, documental de Lucrecia Martel, parte del cine judicial para extenderse a una reflexión que alcanza a toda la Argentina e incluso al continente: el estigma o la negación de las comunidades indígenas, que se traduce en una apropiación sistemática de sus territorios y un desprecio por sus culturas.
Desde fotografías que han tomado los mismos chuschas al recurso de los drones, de la caricatura involuntaria del alegato jurídico a los testimonios sobre la persistencia comunal, Nuestra tierra propone una reformulación urgente de nuestras naciones, en las que la identidad de las comunidades originarias deben situarse al centro del pacto social.
Coproducida por Piano y con apoyo de Eficine, Nuestra tierra ha participado en festivales como Sundance, Locarno y Toronto. Estrena en México a partir del 9 de abril.
En conferencia de prensa en la Cineteca Nacional, Lucrecia Martel comparte algunas reflexiones sobre esta historia, de resonancias continentales.
Una comunidad exige justicia
«Habían asesinado a Javier Chocobar hacía seis meses. Me acerqué a la comunidad de los chuschagastas y comencé a investigar. Durante unos meses colaboré ordenando sus documentos: la comunidad estaba en una situación de reclamos territoriales y el Estado argentino les exigía medidas precisas, títulos de los vecinos, cosas que a la comunidad le costaba responder con el detalle que el Estado le exigía.
»Pronto comprendí que esta historia se trataba del mito de la nación argentina, y que para desarmar ese mito había que usar las herramientas que conozco: hacer una película y ser útil para esta comunidad.
»Un día nos llamó el abogado y nos dijo que en dos semanas sería el juicio por el asesinato de Chocobar. Viajamos a Tucumán y filmamos en el tribunal. En un juicio se despliega la dramaturgia de lo que una nación imagina de sí misma. Esta dramaturgia apareció como una estructura: las sensaciones de desprecio, maltrato, humillaciones; los absurdos. Y ahí empezó otra etapa: ¿qué hacer con esas 300 horas de material? Y después había otro tipo de tecnologías. El dron, por ejemplo, o la escritura que certifica la visión de los poderosos.
»Me parecía importante ingresar de esta manera a la película».
Las fotografías que revelan a una comunidad
«Estas fotografías fueron tomadas por los comuneros: fiestas de la comunidad o retratos que se hacían en estudios fotográficos o en las plazas. Estar frente a estas fotografías era estar frente a unos humanos que están queriendo conservarse a sí mismos, registrarse a sí mismos. Javier Chocobar compró su cámara cuando trabajaba pelando caña, el trabajo más duro en un ingenio azucarero. El deseo de registrar a la familia, de registrar fiestas, cumpleaños, son elementos que cuentan la necesidad humana de perdurar.
»La fotografía era el lugar de la ilusión, y por esos motivos era importante».
La sociedad argentina descubre a los chuschas
«Enfrentarse con el espejo de Nuestra tierra fue fuerte. En Tucumán mismo, que está a 90 kilómetros de la comunidad, no se conocía a los chuschas. La historia argentina se las arregló durante 200 años para que los ciudadanos argentinos no sepamos de la existencia de las comunidades. Desde nuestra educación, las comunidades indígenas desaparecieron en el siglo XIX con la campaña del desierto y decíamos: "¡Uy sí, el genocidio, qué triste!" y nos sacamos de encima este problema.
»Pero no vamos a lograr ser naciones independientes y salir de esta espiral de fracasos económicos y culpas políticas hasta que no comprendamos el vínculo que tenemos con las comunidades indígenas, la importancia que tienen en nuestra cultura. Particularmente la Argentina, la negación que tenemos con el país que somos es absoluta».
Una comunidad se mira en las pantallas
«¿Qué sintió el pueblo argentino al ver la película? Sorpresa, muchísima. Y mucha gente joven me agradecía porque ahora entendía a su abuela, agradecían que por fin hablaron con una parte de la ciudadanía a la que no tenía acceso.
»Y ahí pasa un fenómeno, que es donde terminé de entender qué es el cine, para qué sirve el cine, el poder del cine: para la comunidad fue un momento emocional verse a sí misma en esa pantalla, rodeados con un público que no los conocen y que estaban emocionados, que aplaudían, que hacían preguntas, gente que no sabe que existen los indígenas, viendo juntos la película. A partir de ahí empezaron otros diálogos con la comunidad».
El cine de la comunidad chuschagasta
«Antes de hacer la película hicimos un archivo de la comunidad, está ordenado con criterios que les servirán en el futuro. Otra medida fue hacer un taller de cine con los jóvenes de la comunidad con Ernesto Carvalho, tuvieron una cámara igual que la nuestra y crearon una segunda unidad, con la que registraron que nos iba a costar filmar. Son parte de nuestro equipo. Nuestro compromiso con la comunidad era dejar una cámara y una computadora para que su proceso de construcción narrativa con imágenes y sonido continúe sin nosotros. Volveremos este año, cuando termine el estreno comercial, a ver cómo continuó la reflexión pasado el tiempo».
»Otra cosa que hicimos con los productores de Rai es recibir todos los pedidos para ver la película, nos la han pedido asambleas de pueblos indígenas, y hemos pedido un financiamiento para que Nuestra tierra viaje por todo el país, además de que la película será dada a la comunidad a partir del 21 de mayo, para que hagan lo que le parezca con ella».
*Fotografía: Hannia Libreros Hernández
Nuestra tierra (Argentina, EEUU, México, Francia, Holanda, Dinamarca, 2025). Dirección: Lucrecia Martel. Guión: Lucrecia Martel, María Alché. Productores: Benjamín Domenech, Santiago Gallelli, Matías Roveda, Joslyn Barnes, Javier Leoz, Julio Chavezmontes. Producción: Rei Pictures, Louverture Films, Piano, en coproducción con Pio & Co, Lemming Film, Snowglobe. Fotografía: Federico Lastra, Ernesto de Carvalho. Edición: Jerónimo Pérez Rioja y Miguel Schverdfinger. Sonido: Raúl Locatelli. Diseño sonoro: Guido Berenblum. Reparto principal: Genaro Armando Chocobar, Vanina Chocobar, Audolio “Chano” Chocobar, Antonia Hortensia Mamani.