‘Mi pecho está lleno de centellas’, de Gal S. Castellanos: transiciones y traslados de una familia


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25 de octubre, 2026

 

Por Carlos Ramón Morales

 

Una familia en crisis: la madre viaja a Turquía para conocer a un enamorado que conoció en internet. Y el padre muere al poco tiempo. Y de los hijos, algunx se hace preguntas importantes sobre su identidad de género. Esta historia la ha vivido Gal S. Castellanos, y se convierte en material para un emotivo documental.

Mi pecho está lleno de centellas trata de la familia, de madres desconocidas, de identidades de género que transforman a una persona pero acaso también a quienes le rodean. Y de cómo entre transiciones y traslados acercan la madurez, otras formas de entender la vida,  que se expanden como centellas.

Mi pecho está lleno de centellas, dirigida por Gal S Castellanos y producción jalisciense del combativo grupo Muchachxs Salvajes, tendrá su estreno en el circuito cultural mexicano a partir del 25 de junio. Buen motivo para charlar con el director sobre una historia que viaja por el mundo y por el interior del cuerpo. De una familia que, desde la crisis, aprende a vivir su recreación.

 

En Mi pecho está lleno de centellas cuentas tu historia familiar, que ha ocurrido durante varios años. Tiene su punto de quiebre cuando tu madre decide marcharse. Hay trayectos de vida largos, juntos y separados. ¿Cómo fue la transición entre vivir esta historia a querer filmarla?

Empezaron a suceder las cosas de pronto: muere mi papá y eso abre una gran herida, y justo antes de que mi mamá se fuera a Turquía la veo bailar en un lugar que se llama Génesis disco, la miro y me doy cuenta de que no la conozco. Me conmovió mucho esta sensación de no saber quién es esa persona que te dio la vida. Y me llevó a pensar qué pasaría si yo hablaba de esto. En la producción me decían: "tenemos que grabar, Gal, lo que está pasando es importante, por lo menos hay que conservarlo como un archivo.” Y una noche en la oficina, por fin les dije: “Venga, empecemos a generar este proyecto.”

 

¿Cómo negocias entre la memoria emocional y la mirada del cineasta?

Fue entender la integración de estos dos personajes. En los primeros tres años de explorar la película había muchas heridas que no me permitían ver a los personajes con distancia. Era una especie de rayo atravesando las juntas de producción y el plan de rodaje. Ahí inventamos mecanismos que nos dejaban vivir la película desde un lugar más sencillo, sin pretender tanto.   

Entendí que a mí me gusta pensar las películas más como procesos que como lugares finales… un lugar en el que puedes preguntar cosas y abrir posibilidades, más que obtener certezas. Eso ayudaba a ser la persona que decide cosas y el director de la película.

No escribí solo la historia, Dani y Andrea son coescritoras y montajistas. Mucha gente  ayudaba a que mis ojos pudieran ver de otra manera. Construimos el universo de la película como un gran equipo de amigos aventureros que quieren entender qué le está pasando a su amigo.

 

Mucho del documental se sostiene en archivos audiovisuales: videocartas, registros en la playa, tomas familiares o personales. ¿Cómo integras estos materiales?

Con Andrea, la editora, decidimos que el archivo y lo filmado por nosotros sería un gran archivo, sin ponerle una categoría, ni dividirlo por etapas o tiempos.

Durante siete años generamos una memoria que sería cortada y montada para contar el universo de dos personas que pasaron un proceso en su vida, pero ahora hay que articular para que funcione.

También hacíamos muchos ejercicios de confrontación con mi mamá, que no están en la película porque no funcionaban para lo que estábamos contando. Hay miles de escenas grabadas donde mi mamá y yo estamos teniendo una conversación fuerte, que servían para resarcir la relación personal. Tenían que articularse otras cosas para que eso pudiera contarse.


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Trabajaste con un gran equipo de cineastas, como Eduardo Esquivel y Omar Robles en producción; o Bruno Santamaría en fotografía. ¿Qué aprendiste de sus miradas y cómo influyó en la película?

Soy un gran amigo de Lalo y Omar. Nos conocemos desde hace doce años, venimos de la misma escuela y crecimos juntos haciendo cine. A Bruno lo conocí gracias a ellos. Además, en el equipo hay más gente que hace cine, y que desde hace muchos años crean una resistencia con estas películas.

Omar y Lalo siempre han estado, porque son los productores. Bruno entró en una etapa muy específica, hizo la cámara y le dio mucha fuerza estructural, una fuerza narrativa que a la película le hacía falta.

Todos los que hemos estado dentro de la película creemos en un cine que nos permite explorar. Todos los colaboradores de la peli creemos que las cosas toman tiempo, que hay que hacerlas bien.También somos apasionados, los ojos de todos han sido importantes para dar brújula a mis ojos, a mi corazón y a las cosas que quizá no podía ver en medio del remolino.

 

Tu película pone en primer plano la experiencia de la transición. Más allá del tema de identidad, hablas de la relación en detalle con tu cuerpo.  ¿Qué te significa documentar este proceso?

Las transiciones nos cuestan a los humanos, las que sean. Hay una resistencia a entender el cuerpo y las mentes desde la diversidad, porque hemos sido criados bajo una estructura que no nos permite salirnos de eso que nos enseñaron. De ahí que esta experiencia resulta un gesto de revolución.

Las transiciones no solo ocurren desde un lugar corporal. También implican un movimiento hacia adentro, se revuelve y hay que ponerla en otro lugar. Eso abre la posibilidad para mirar otros márgenes y jalar ese margen y decir: "ahora me voy a salir y me voy a quedar fuera de esto, veré que pasa si camino diez metros fuera de ese margen”. Eso es muy valioso, sobre todo en la comunidad trans.

Poner al cuerpo en crisis y en un lugar de transición es importante para lo que sigue en nuestra humanidad, es valiente frente a el sistema en el que estamos. Nos ayuda a construir nuevos espacios para encontrar nuestra libertad y nuestra forma de pararnos en el mundo. Es importante descolocarse, colocar el cuerpo en sitios diferentes. Eso tiene que ver con la libertad.

 

Regreso a esta frase: “colocar el cuerpo en sitios diferentes”, creo que ahí está la clave de Mi pecho está lleno de estrellas. Presenciamos a tu cuerpo en  una transición, a Pilar que viaja a Turquía para reencontrarse; esto contrasta con la tradición que simboliza tu padre…

Él fue cura, le llevaba treinta años a mi mamá y venía criado desde un sistema muy diferente, era muy difícil  para él ponerse en otros lugares. Pero algo importante que intentamos construir, es que todos los personajes tuvieran un espacio, que no fueran buenos ni malos, que no se leyeran desde la binariedad del papá, la mamá, el hijo; que más bien hubiera una revolución de los afectos familiares, que es lo que la peli me enseñó: las familias estamos colocadas en diferentes lugares, esos lugares son válidos y hay que entenderlos, falta conocer más diversidad de familias, así como más diversidades de cuerpos.

 

Mi pecho está lleno de centellas (México, 2026). Dirección: Gal S. Castellanos. Productora: Muchachxs Salvajes. Producción: Eduardo Esquivel, Omar Robles, Mestzli Paulina Ibarra, Ricardo Bross. Música: Pier Martinez. Edición: Andrea Rabasa Jofre. Montaje y Escritura: Daniela Silva Solórzano, Andrea Rabasa Jofre, Gal S. Castellanos. Fotografía: Bruno Santamaría Razo. Participantes: Maria del Pilar Castañeda, Gal S. Castellanos, Rafael Castellanos, Ulyses Castellanos, Derya Ulutas, Familia Ulutas, Eren, Sukriye, Nazmiye, Mustafa Öztürk, Andrea Rabasa Jofre, Daniel Hernández y Alejandra Cacho.

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